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Un año después de la masacre de San Fernando la herida no cierra

Hace un año, los cuerpos de algunas de las víctimas de la matanza llegaron a Tegucigalpa. | ORLANDO SIERRA/GETTY IMAGES

Por LOURDES VÁZQUEZ/ESPECIAL PARA AL DÍA | 8/31/2011, 12:36 p.m.

Como muchos migrantes, el corazón de Eric estaba entre dos tierras.

En Dallas tenía a su madre, su novia y su porvenir.

En Honduras se quedaron su hija, sus pertenencias y los recuerdos de 23 años de vida.

"Él quería mucho a su nena, pero le gustaba estar acá porque tenía más oportunidad", recuerda su madre, Alva.

Ese conflicto orilló a Eric a tomar una decisión hace poco más de un año que afectaría profundamente a sus seres queridos.

Le reiteró a su novia, Evelyn, que la amaba y le preguntó si lo esperaría. Partió a Honduras a vender sus pertenencias y ver si algún día sería posible traer a su hija a Estados Unidos.

"Me llamaba cada día para decirme que estaba bien. Yo le mandaba (dinero) para la comida", dijo Evelyn. También le envió los $500 para el "coyote" que lo regresaría a Estados Unidos.

Lágrimas escapan de los ojos de Evelyn y Alva al recordar que las llamadas cesaron.

Días después, una noticia le daba la vuelta al mundo: el cártel mexicano conocido como los Zetas asesinó a 72 inmigrantes de Honduras, Guatemala, El Salvador, Brasil y Ecuador que se rehusaron a trabajar para ellos.

La masacre reportada el 23 de agosto del 2010 en San Fernando, Tamaulipas fue recordada en Dallas este fin de semana por grupos proinmigrantes y personas como Evelyn y Alva, cuyo familiar, Eric, fue una de las víctimas. Ellos pidieron que sus apellidos fueran omitidos por seguridad.

Activistas como José Mario Castellón, del Centro Cívico Monseñor Romero, señalaron que es importante no olvidar que los indocumentados son víctimas de crímenes y abusos.

Reunidos en las inmediaciones del consulado mexicano en Dallas, los activistas prendieron el sábado veladoras en honor a los muertos e hicieron un llamado al gobierno estadounidense para que apruebe una reforma migratoria.

Si los inmigrantes reciben permisos de trabajo en Estados Unidos, aunque sean temporales, ya no tendrán que exponer sus vidas como lo hicieron los 72 que cayeron en manos de los Zetas, dijeron.

Incertidumbre, luego el horror

Evelyn guarda un pequeño cuaderno donde apuntó la fecha y la hora de las llamadas de Eric durante su viaje a Honduras. Recibió la última el 10 de agosto del 2010.

"Yo le decía a su mamá que no había escuchado de él en 10 días, pero ella me aseguraba que a veces se toma tiempo" cruzar la frontera, dijo Evelyn.

Por ejemplo, el grupo de inmigrantes con el que viajaba tuvo que refugiarse en un hotel de Guatemala durante dos días debido a lluvias que provocaron inundaciones cerca de la frontera con México, dijo Alva, la madre.

Después del 23 de agosto, fue difícil ignorar las noticias.

Las mujeres, al igual que muchas otras familias inmigrantes que tenían a un ser querido camino a Estados Unidos, trataron frenéticamente de asegurarse de que estaba bien.

Llamaron a todos los números de teléfono que Eric había utilizado para comunicarse desde Honduras y Guatemala. Una persona que les contestó les dijo que no se preocuparan, que Eric estaba bien.

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