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Bush y Perry, dos tradiciones diferentes


Por WILLIAM McKENZIE/OPINIÓN | 9/3/2011, 3:28 p.m.

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William McKenzie

¿Se detestan George W. Bush y Rick Perry? ¿Son enemigos de sangre?

Por estos días se especula mucho sobre una aversión personal entre los dos. Jeb Bush, el hermano del ex presidente, dice que nada de eso existe. Después de escribir sobre ambos texanos, todavía no lo sé.

Lo que sí sé es que la disimilitud entre los dos es más profunda que cualquier pleito personal. Las diferencias son más profundas. Entenderlos a ellos es clave para entender la política texana, cosa que muchos en todo el país están tratando de hacer ahora que Perry contiende por la presidencia.

Ambos son conservadores, pero llegan a la política provenientes de esferas competidoras, y no me refiero a la rivalidad de la Universidad de Yale vs. Texas A&M. Los universos representan una ruptura entre el político texano moderno, de estilo empresarial, y vaquero de antaño.

A pesar de la ocasional inclinación a hacer comentarios arrebatados –como aquel desafío del "Bring it on" a los insurgentes iraquíes– , Bush veía la política más como resolutor de problemas. Su orientación refleja el trayecto profesional y cultura de la que fue parte desde antes de que se postulara a la gubernatura en 1994.

Texas cuenta con una amplia base de gerentes corporativos, profesionales de negocios y emprendedores independientes. La orientación de esta clase profesional es la de hacer las cosas, o por lo menos abocarse a buscar cómo hacer las cosas para que sus empresas se mantengan a flote.

Si eso implica asumir riesgos, tomarán riesgos calculados. Eso es esencialmente lo que hizo Bush cuando enfrentó el desordenado sistema financiero escolar del estado siendo gobernador e intentó reformar el sistema migratorio nacional como presidente.

Algunos republicanos se opusieron a él en ambos proyectos; pensaban que gastaría su capital político imprudentemente.

Tuvieron razón por un lado: Bush perdió esas apuestas, así como había perdido antes en campos petroleros; pero al menos intentó resolver los problemas. La gente lo ridiculizaba por ser un presidente-director ejecutivo, y en efecto a veces se veía muy distante, pero su maestría en administración de empresas lo guiaba en su forma de ver la política.

También reflejaba la clase profesional moderna que puebla áreas metropolitanas como Dallas-Fort Worth, Houston y Austin-San Antonio. Ahí es donde uno encuentra las sedes corporativas de empresas como Exxon Mobil, Dell y AT&T.

El estilo de Perry está mucho más arraigado en el pasado de Texas. De cierta forma está más próximo a la manera en que Lyndon Johnson se abrió paso en la política.

Los dos venían de comunidades rurales y su mundo se abre cuando llegan a la universidad y a las grandes ciudades. Pero nunca perdieron su raíz rural, de vaquero texano. De ahí el pavoneo de Perry, así como LBJ tenía su propio estilo texano de decir las cosas de frente.

Para Perry, que ha ocupado cargos de elección popular desde 1984, la política era más un deporte violento que cuestión de resolver problemas.

Como gobernador no es conocido por grandes acciones distintivas, fuera de mantener los impuestos bajos y designar aliados a las comisiones estatales. De hecho, muchas veces ha demostrado un liderazgo tibio ante grandes retos como corregir los problemas de financiamiento para las escuelas de Texas. Comprometerse demasiado podría costarle políticamente.

Lo que sorprende del ascenso Perry es que la mitología que él representa todavía vive, aun cuando el estado hace mucho que dejó atrás su tradición rural.

Pero nosotros seguimos lidiando con esas dos cepas competidoras. La lucha por la gubernatura del año pasado dio un vislumbre más de la dualidad: Perry, el vaquero/político vs. Bill White, el gerente/empresario.

Yo me inclino por los resolutores de problemas, pero, como lo hice notar en una columna sobre White vs. Perry, no tienen el aire de político llanero.

El país se está preparando para ver un ejemplo más del viejo estilo a medida que Perry enfrente a sus rivales. Él reafirmará el viejo estereotipo texano, aun cuando Texas es más complejo, y las diferencias se reflejan en el abismo que hay entre Bush y Perry hoy.

McKenzie escribe para The Dallas Morning News.