Profesionista alegra cumpleaños de niños sin hogar
DIANNE JENNINGS/DMN | 7/25/2012, 6:59 a.m.
En la primera fiesta de su grupo, un chico de 12 años le confesó a Paige Chenault que nunca había recibido un pastel de cumpleaños.
“Pensé, ‘¿cómo es esto posible?’”, dijo Chenault, planificadora de fiestas profesional.
Esa conversación la convenció de que hizo lo correcto este año cuando fundó el Proyecto Fiesta de Cumpleaños, un grupo que busca alegrar un poco la vida de los niños de familias sin hogar.
Chenault también se enteró de que la situación del niño no era inusual.
“La mayoría de estos niños no sabe cómo apagar una vela o pedir un deseo porque nunca lo han hecho”, dijo. “No sabían a qué me refería”.
Ahora, una vez al mes, Chenault y unos 20 voluntarios llevan pasteles y regalos, sombreros y cornetas, serpentinas y juegos al albergue Family Gateway para festejar a los niños que hayan nacido ese mes.
En la fiesta de julio, un bebé y dos niños fueron el centro de la atención.
Los asistentes a la fiesta disfrutaron de pizza y cupcakes en el comedor del albergue, donde los niños hicieron pulseras de cuentas y mariposas en acuarela con filtros de café.
Cada uno de los compleañeros también recibió un pastelito con su nombre, velas y un regalo de $30: un muñequito bebé con carreola, y tal vez un juego de carritos Hot Wheels o monos de Spider-Man.
Los presentes cantaron “Happy Birthday” mientras los festejados irradiaban alegría con su diadema o corona especial.
De’Trayveon Reed, quien cumplió 3 años, metió sus dedos en el pastel azul y blanco antes de que siquiera pudieran encender las velas.
Victoria Ugalde, resplandeciente con sus moños y vestido rosas, pare-cía aturdida por el ruido y la algarabía de su primer cumpleaños.
Shama Shams, gerente de relaciones con la comunidad de Family Gateway, insistió en que el proyecto se apegue a una regla en cuestión de regalos.
“No quise que el grupo les diera ropa interior o calcetines o cosas de esas”, dijo. “Ese día, en ese momento, son los festejados, y un niño merece un juguete, no que le den una lata de comida”.
Otros donantes se hacen cargo de sus necesidades básicas, dijo Shams.
También pidió que el grupo fuera constante.
En otras ocasiones, organizaciones bien intencionadas hacían offrecimientos similares, pero luego dejaban de venir después de uno o dos meses.
“Para mí era muy, muy importante no defraudar a estos niños”, dijo Shams.
Chenault, quien pasa unas ocho horas a la semana coordinando eventos, está comprometida a organizar las fiestas por al menos un año.
Hasta ahora ha juntado unos $17,000 principalmente entre familiares y amigos. Algunos también do-nan materiales para la fiesta, juguetes o pizza.
El grupo recientemente solicitó el status de organización sin fines de lucro, y Chenault y su esposo asumen los costos administrativos.
El proyecto ya se está expandiendo a otros albergues y locales, gracias en parte al fuerte apoyo de los voluntarios.
A Chenault le gustaría eventualmente contratar dos empleados para que supervisen fiestas en toda la ciudad.
“Ya estoy prendida”, dijo Karen Copeland, enfermera de Plano que ha ayudado en la última media docena de fiestas. “Ha superado mis expectativas”.
Copeland dijo que la iniciativa “me llegó muy profundo, porque yo tengo mis propios hijos y recuerdo lo mucho que disfrutaron sus cumpleaños”.











