ROSALINDA WEISZ: El peso del vacío
ROSALINDA WEISZ/REFLEXIONES | 6/1/2012, 6:13 p.m.
El aburrimiento es un estado de insatisfacción emocional generalizada. Existen situaciones de aburrimiento que pueden considerarse normales y que se observan en distintas etapas evolutivas, en la niñez, en la adolescencia y en la adultez.
Pero se trata de situaciones que van siendo superadas en la medida en que se cumplen los respectivos procesos de adaptación y de inserción en los correspondientes marcos de pertenencia, y se va despejando el panorama acerca de motivaciones, incentivos y proyectos.
Es normal, por ejemplo, que en los diferentes niveles escolares, los alumnos se aburran en el último grado, cansados por una rutina demasiado conocida que saben que está a punto de cambiar. O que lo haga el trabajador sometido a una actividad tediosa que deja sin ejercer capacidades creativas que posee.
En la vida moderna, la excesiva facilidad con que se consiguen muchas cosas que antes requerían mayores esfuerzos, puede también conducir a estados de aburrimiento transitorio, pero que no son preocupantes si se estimula la búsqueda de nuevos significados y valores.
Pero la persona que padece de un aburrimiento constante siente que ha perdido el gozo de vivir y se siente incapaz de recuperar la posibilidad de experimentar sensaciones agradables o interesantes. Esto sí debe considerarse un síntoma a ser tenido en cuenta y consultado con un profesional, ya que puede derivar en cuadros patológicos que afecten gravemente la calidad de vida.
Es útil diferenciar entre aburrimiento, depresión y apatía, ya que implican dinámicas diferentes. Al igual que en el aburrimiento, en la depresión también aparecen el desinterés, la vacuidad y la desesperanza. Pero, a diferencia del aburrimiento, la depresión se caracteriza por una actividad mental incesante, con sentimientos de culpa, ansiedad, autoacusaciones y afectos dolorosos.
El psicólogo Tabbia señala que el aburrimiento es “la dificultad de vincularse con el mundo… por eso decimos que la emoción, el vínculo, queda anulado o menguado”.
Esta es una de las razones por las cuales es preocupante un niño que no juega, ya que para la actividad lúdica es imprescindible tener acceso a la imaginación. Y la imaginación no existe sin vínculos y las alas de lo emocional.
En el adulto que sufre de aburrimiento, existe el deseo de satisfacciones y de momentos gozosos. Pero el camino que conduce hacia ellos está cortado por la ausencia de fantasías, por el sentimiento de estar vacío, lo cual impide al pensamiento conectarse con la memoria y los recuerdos.
En la apatía, en cambio, se ha perdido la esperanza y se ha abandonado la búsqueda. El que cae en apatía se sume en una profunda inactividad caracterizada por el desapego y la indiferencia.
Las personas aburridas suelen pasar por periodos de hiperactividad marcada por el impulso (se diría que la emocionalidad es reemplazada por la excitabilidad), en un intento desesperado por escapar de la situación en la que se encuentran atrapadas. Eso las lleva a adicciones y otras situaciones de pérdida de control, que tienen el potencial de ser autodestructivas.
Es fundamental, pues, no desoír la queja del aburrido, su reclamo es real y válido y necesitará ayuda para explorar qué es lo que tiene estancado. Siendo el aburrimiento un síntoma y no una enfermedad, es importante hacer un diagnóstico claro para elegir el tratamiento a seguir.
Weisz es psicoterapeuta en Dallas. Puede escribirle a reflexiones_rw@hotmail.com o llamar al 972-248-8416.











