Masacres no ahuyentan a inmigrantes decididos
ALFREDO CORCHADO/DMN | 5/16/2012, 6:50 a.m.
Monterrey — Elder Lara Villeda ha oído las grotescas historias que lo separan de lo que él llama la tierra prometida: extorsiones, secuestros, reclutamiento forzado como sicario y muerte por decapitación.
Pero él sigue decidido, sin inmutarse, en su búsqueda de una vida mejor.
“Si usted cree que México está mal”, dijo Lara en camino a Dallas, “Honduras y el resto de América Central están peor”.
La más reciente masacre — 49 decapitados y desmembrados — en una transitada carretera a 75 millas al sur de la frontera con Texas, seguramente servirá de poco para disuadir a estos hombres y mujeres, dicen los expertos, ni al número cada vez mayor de jóvenes no acompañados.
Los cuerpos hallados el domingo cerca de Monterrey estaban tan desfigurados –sin heridas de bala — que las autoridades admiten que les será muy difícil identificarlos o determinar si eran miembros de los cárteles o inmigrantes, la mayoría centroamericanos, que se dirigían a Estados Unidos. Ente los torsos hay seis que corresponden a mujeres. Por ahora el gobierno culpa a una alianza entre los cárteles del Golfo y Sinaloa para enfrentar a Los Zetas por los más recientes episodios de masacres en el país.
Alejandro Poiré, secretario de Gobernación, afirmó que el episodio de los torsos mutilados, así como una masacre de 23 personas en Nuevo Laredo y 18 en Jalisco, ambas en mayo, así como 35 en Veracruz meses atrás, están relacionadas a ese enfrentamiento.
Huyen de brutalidad
A diario, hombres y mujeres desesperados, provenientes de Centroamérica y de más allá, se aglutinan en la Casa del Forastero Santa Martha, también conocida como Casa del Migrante, aquí en Monterrey, un albergue de la Iglesia Católica que tiene por fin brindar comida y techo temporal a los migrantes. Los “huéspedes” sólo tienen permitido quedarse tres días, sin excepción. Huyen de una patria que, afirman, está asolada por similar salvajismo y brutalidad.
Sus relatos dan una idea de un quebranto y desesperación que suena extrañamente parecido, sino peor, a lo que ocurre en México.
En los últimos dos días, desde el descubrimiento de la última masacre, los centroamericanos han estado pegados a un televisor en el albergue, viendo cómo se desenvuelve la tragedia y la investigación, dijo Antonia “Toñita” García González, una de las personas que dirigen el albergue.
“Son muy tranquilos, pero ninguno se echa para atrás”, dijo García. “Siguen igual de ansiosos por irse, aun sabiendo que pueden morir en el trayecto, una muerte horrible. Tienen la mirada puesta en Estados Unidos; están como obsesionados con esa idea”.
Muchos de los entrevistados en el albergue dijeron que la brutalidad ya casi no los espanta. Es parte de su vida diaria en Centroamérica, región donde está causando alarma el aumento de los homicidios perpetrados por los narcotraficantes, particularmente los cárteles mexicanos en Honduras, El Salvador y Guatemala, un área conocida como el “Triángiulo del Norte”.
Con más de 82 homicidios por cada 100,000 habitantes, Honduras tuvo la tasa de homicidios más alta del mundo en el 2010; junto con El Salvador, con 66 homicidios por cada 100,000, más de tres veces la tasa de México, que tuvo menos de 20 por cada 100,000 habitantes.











